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miércoles, 5 de marzo de 2014

1835 LA BANDA DE LOS ARIAS INCENDIO APATZINGAN



Una gavilla de bandoleros bien organizada que con el transcurso de los años fue creciendo hasta alcanzar proporciones de más de 100 hombres, fue la dirigida por Eustaquio y Francisco Arias, entre 1831-1835, en el Bajío Michoacano. 

Entre los ilícitos que cometían, figuran los asaltos en caminos, contrabando de tabaco, hasta realizar robos, incendios y asaltos en poblados, entre los que destacan el que estremeció toda la región de tierra caliente, sobré todo, a la de la población de Apatzingán.

Fue el día 14 de enero de 1835, cuando el Ayuntamiento de Apatzingán, sesionando los ciudadanos Agapito Murillo, Felipe Lázaro, Antonio López, Marcos Molina, Cayetano Carbajal, José María Rosales, Lucas Ramírez, José Menocal Torres, José Ma. Fernández, Domingo Castrejón y Román Carrillo que fungía como Secretario, dirigieron al gobierno del estado, un documento para exponer los acontecimientos vandálicos que estremecieron la población de Apatzingán, en los que los gavilleros.

Todas las tiendas y casas principales de este lugar fueron objeto de robos, sin perdonar ni aun los intereses del Estado, mucho menos los de la iglesia, cuando ni los vasos sagrados respetaron, sin perdonar al débil sexo. La cárcel fue violentada y dejaron en libertad a asesinos y ladrones. “todo esto a las once del día”.

La incursión de los Arias en la tierra caliente, al incendiar y saquear la población de Apatzingán, generó una situación alarmante en esta misma región, La banda de los Arias dislocó el sur de Michoacán, originando reuniones de vecinos de las poblaciones de Tacámbaro y Uruapan, que se prepararan para la defensa de la población,los motivo de los sucesos de Apatzingán en 1835, obligo a los Ayuntamientos de Tarétan y Uruapan,a que se dirigieran al Congreso del Estado, exigiendo una pronta solución al problema del bandolerismo. 

Antonio Ceballos, gobernador en turno, ante la inseguridad que se había apoderado de la entidad de bandolerismo, que infestaban los caminos y por si fuera poco, en circunstancias de su gobierno, “sin tropa, sin ramos, sin prestigio y sin arbitrios ningunos”, solicito al Congreso del Estado “dictar una medida extraordinaria con la que se logre el castigo de los ladrones”. Así, el Congreso expidió a fines de 1835 una nueva ley para perseguir ladrones, con la novedad de introducir el sistema de jurados para desarrollar su proceso judicial.

viernes, 25 de octubre de 2013

La Leyenda del Cuerudo de Apatzingán

 
Un oficial francés perdió la cabeza de un certero tajo de machete, a manos de un "CUERUDO DE APATZINGÁN", fieros guerreros reconocidos en todo el país por su bravura y patriotismo. Después de la cruenta batalla en pleno llano, los invasores salieron huyendo abandonando el campo sembrado de cadáveres.
 
Cuando los mexicanos enterraron a los franceses caídos, en una fosa común; nunca encontraron la cabeza del capitán de Napoleón III. Pasaron algunos años, la guerra había terminado. Fue entonces que los campesinos de la región, empezaron a escuchar al ponerse el Sol, el fragor de una batalla seguida de un pesado silencio. Después los coyotes aullaban inquietos, los perros de las cercanas rancherías ladraban furiosos presintiendo el advenimiento del mal; luego, el lejano galopar de un caballo que rápidamente se acercaba. Cuando el poderoso galope parecía un estruendo que retumbaba en las laderas, irrumpía la diabólica figura de un jinete sin cabeza, montando un imponente caballo negro y blandiendo una filosa espada.
 
Los que lograron verlo, observaban estupefactos que el espectral jinete sin cabeza, vestía un ensangrentado uniforme de oficial del ejército de Intervención francés, en el que destacaba una corta capa roja que le volaba con el viento. El jinete estaba furioso, buscaba venganza y también su cabeza, decía la gente.
 
Desde entonces hasta nuestros días, de generación en generación en esa región, la leyenda del jinete sin cabeza es conocida por todos. Se le atribuían algunas muertes en las que había supuestamente, decapitado campesinos que tuvieron la desdicha de encontrárselo, sobre todo en noches de luna llena.
 
Desde luego también hay escépticos, estos sostienen que fueron crímenes comunes, en que él, o los mismos criminales, les cercenaron la cabeza para que culparan al famoso jinete y burlar así la acción de la justicia. Verdad o mentira, lo cierto es que las gentes del campo evitan pasar de noche por ese lugar de la famosa batalla. Menos cuando la luna está llena, que es entonces mucho más probable que se topen con la terrible visión. Dicen los campesinos que si es así, seguramente atacará a aquellos infortunados. Su radio de acción es de varios kilómetros a la redonda, partiendo del lugar donde le cortaron la cabeza, llegando a irrumpir a la media noche en varios pequeños poblados y rancherías cercanas. Es por eso que en las noches de luna llena o casi llena, la mayoría de los habitantes de la región prefieren encerrarse temprano en sus casas. No sería raro según cuentan, que se oyera a lo lejos el diabólico galopar que se acerca; hasta entrar como un torbellino por alguna de las calles del poblado, llegando al centro del mismo, donde se para repetidas veces el negro corcel en dos patas relinchando espantosamente. El jinete sin cabeza busca por todos lados en quién descargar su furia. También no ha faltado algún inocente valiente que le haya disparado a la infernal presencia, pero las balas desde luego no le afectan en nada. Así como entra sale dice la gente, hecho una furia, apagándose el estridente galopar en la lejanía, quedando solamente los ladridos furiosos de todos los perros del lugar. Los parroquianos que habían estado escuchando casi sin respirar, entonces se ponen a rezar para que el ente maligno no regrese. Se dice que cierta ocasión, en tiempos recientes, una muchacha originaria de una cercana ranchería que estudiaba en la ciudad, regresaba una tarde en compañía de tres amigas a pasar un fin de semana con su familia. Involuntariamente se les había hecho tarde, tomando el último camión de los llamados guajoloteros que las dejaría cerca de su casa, como a cuatro kilómetros. Cuando bajaron del viejo transporte, que prosiguió su camino repujando y levantando una gran tolvanera, ya el sol como un inmenso disco rojo, declinaba muy cerca de las montañas del Poniente para ocultarse. Las nubes, manchadas de un rojo pálido, enmarcaban el vuelo de parvadas de garzas que regresaban a pernoctar a sus nidos. El panorama del crepúsculo campirano era muy hermoso, pero también nostálgico y sobrecogedor, así les pareció a las cuatro amigas. El imponente silencio, sólo lo interrumpían los muchos pajarillos que buscaban acomodo en las ramas de los frondosos árboles. Las chicas no se inmutaron. Con la dinámica alegría que da la juventud, echaron a caminar con sus maletas en medio de bromas y chascarrillos. El campo es hermoso y saludable, la única que sentía una lejana inquietud era la muchacha anfitriona, como nativa del lugar, conocía todas las historias del jinete sin cabeza. De niña la impresionaron, pero ahora como universitaria no creía en eso, sin embargo la noche nunca deja de ser misteriosa y atemorizante; sobre todo en un lugar solitario. Cuando pasaban por el terreno de la legendaria batalla, se los comentó a sus amigas, ilustrándolas con lo que sabía. Desde luego, no les dijo nada del lado macabro. Estas se sintieron impresionadas, imaginando aquella batalla que aunque pequeña fue cruenta. En la región se sienten orgullosos de haber hecho correr a los franceses. El sol ya se había ocultado por completo. Las primeras sombras de la noche cubrían todo inexorablemente. La fauna cambiaba, así como los sonidos.
 
Los tétricos cantos de los tecolotes y el raro…¡ssssh! De las lechuzas se hicieron presentes, también los monótonos grillos se incorporaron; en los arbustos se aparecían puntos rojos y amarillos que podrían ser ojos de conejos, liebres, tejones y tlacuaches. Así mismo, cientos de lucecillas que a veces sincronizadamente, se prendían y apagaban por todos lados. Eran luciérnagas que les recordaron a los arbolitos de navidad. Les faltaba la mitad del camino por recorrer. Una de las muchachas descubrió a sus espaldas la inmensa luna llena, que emergía majestuosa sobre la copa de los árboles afectada por el moribundo sol crepuscular, aparecía con un impresionante rojo anaranjado. De pronto, a lo lejos se escucharon disparos, voces y gritos, relinchar de caballos.
 
Todas se miraron entre sí estupefactas, era el claro fragor de una batalla. Las tres chicas invitadas clavaron la mirada ansiosas en la lugareña, como esperando una explicación. Los ruidos habían cesado tan de repente como empezaron, y ahora todo era un pesado silencio que hasta los animalillos nocturnos enmudecieron. El aire estaba enrarecido. La muchacha no tuvo más remedio que contarles la leyenda del jinete sin cabeza, aunque les aseguró que sólo era eso, una leyenda… __¡ Pero! ¿Y esos ruidos?__ La interrogaron nerviosas __ ¡No sé! __ Les contestó __Quizá sea un fenómeno de ecos. Por lo que sea… ¡Es mejor que apuremos el paso! __ Estuvieron de acuerdo y empezaron a caminar de prisa, agradecían a la luna ahora ya plateada, que iluminara la campiña con gran claridad. En compacto grupo, avanzaron rápidamente por un ancho camino flanqueado por grandes árboles en fila, formando con su follaje lo que parecía un gigantesco túnel. De repente… Se escucharon los lúgubres aullidos de varias manadas de coyotes. Los perros de la ya no tan lejana ranchería a donde iban, comenzaron a ladrar furiosos… Pero también un sonido apagado, imperceptible en un principio comenzaba a esclarecerse… Sí, no había duda…El galopar de un caballo se acercaba. Los cascos del animal imponentes, cada vez se oían más cerca… Un relinchido escalofriante rasgó el aire. Las muchachas voltearon asustadas y quedaron paralizadas de horror… Allá, donde empezaba el túnel de árboles, a la clara luz de la Luna, se delineaba impactante la negra figura del jinete sin cabeza, sobre el enorme corcel que se levantaba sobre sus poderosas patas traseras. Sintiendo que se les helaba la sangre en las venas, llenas de pánico echaron a correr gritando y dando traspiés. El furioso galopar se les acercaba rápidamente. La enorme y diabólica figura del jinete la veían ya casi encima de ellas. La chica del lugar que era la que más trataba de guardar la calma, gritó a todo pulmón. ___!Al suelo! ¡Tírense al suelo!__... Por terror y por instinto de conservación, se arrojaron al suelo boca abajo, cubriéndose la cabeza con las manos. El endemoniado jinete les pasó por encima tirando tajos con su espada, los cuales silbaban al rebanar el aire. Un poco más adelante se detuvo abruptamente, sacando chispas de las piedras… Resoplando y parándose nuevamente el negro caballo en dos patas, se dispuso a envestirlas otra vez.
 
Las horrorizadas muchachas vieron impotentes como se les volvía a echar encima el acéfalo jinete, agitando la enorme espada que destellaba con la luna. Por segunda ocasión se tiraron al suelo, logrando eludir sus golpes y los cascos de la bestia milagrosamente una vez más. Los gritos eran histéricos, sabían que el próximo ataque sería fatal. El jinete negro se disponía a lanzarse por tercera ocasión, cuando un nuevo y poderoso galopar se acercaba con rapidez al lugar. Vieron que al comienzo del aparente túnel, se aproximaba también imponente e impresionante, otro jinete. Éste vestía de gamuza, con un paliacate rojo amarrado en la cabeza, no se le veía el rostro, el sombrero colgando a la espalda, montando un enorme cuaco alazán. En su brazo derecho, sostenía un impresionante machete costeño o de tierra caliente. La chica lugareña lo identificó inmediatamente __ ¡Dios mío! ¡Un Cuerudo!... ¡Un cuerudo de Apatzingán!__ El nuevo y fantasmagórico personaje, arremetió furioso contra el jinete sin cabeza, entablándose un increíble duelo de fantasmas. Era el mismo Cuerudo que en el siglo XIX, le arrancara la cabeza al invasor francés y que ahora quizá como un ángel guardián, acudía a salvar la vida de las inocentes muchachas. La pelea nuevamente se inclinó en favor del Cuerudo Michoacano, el satánico jinete sin cabeza salió huyendo, perseguido por su acérrimo enemigo. Las chicas estaban temblando por la fuerte impresión, una de ellas no dejaba de gritar, poco apoco se fue calmando. Reanudaron la marcha muy asustadas, pero dándole gracias a Dios por haberles mandado en su auxilio, al fiero y legendario guerrero michoacano. Dicen que ahora esa terrible pelea del más allá, se escucha frecuentemente rompiendo el silencio de la noche, y provocando el furioso ladrido de los perros… También hay quien jura haber visto en noche de luna llena, la altiva figura del "CUERUDO DE APATZINGÁN", patrullando los campos de la región. Aún así, la gente prefiere mejor no salir esas noches, pues el lejano galopar de un jinete que se acerca, puede ser de cualquiera de los dos fantasmas, y los perros les ladran por igual.

La Leyenda del Puente del Diablo

 
 
Cuenta la leyenda que en un apartado poblado se encontraba un desesperado hombre, ya que por más puentes que realizaba para comunicarse con la civilización, el constante desbordamiento del rio arrastraba con todo a su paso.
En una tétrica noche se dirigió al rio y en más de tres ocasiones invoco al Diablo, las copas de los arboles mugieron cómo un enfurecido toro, las aves nocturnas dejaron de cantar y la luna tímidamente se fue ocultando entre unas negras nubes, en un silencio sepulcral se dejo escuchar una cavernosa voz que decía: – “Que es lo que deseas insignificante mortal.”
El señor encontrándose consiente que se trataba del amo y señor de las tinieblas, fue muy breve y le dijo: – Deseo que realices un puente capaz de soportar las inclemencias de la naturaleza.
Con voz bravía le contestaron: – Tú deseo será cumplido antes de que cante el primer gallo, si se encuentra totalmente terminado antes de que suceda ello, tú alma me pertenecerá eternamente, en caso contrario me alejare dejando el puente casi terminado, para que otra persona me invoque y coloque la última piedra, a este le daré la riqueza y sabiduría que le perteneció al Rey Salomón, pero al final de su vida, mi corte infernal lo llevara a mi reino.

 El intrépido señor estuvo a punto de renunciar pero parecía muy tarde, una parvada de coyotes lo comenzaron a rodear amenazándolo con sus afilados colmillos. Sin contar con otra opción cerro el pactó firmando con su propia sangre.

Con el alma en un hilo regreso a su casa donde le comentó lo ocurrido a su mujer. La pareja totalmente aterrada escuchaba el rodar de piedras y ante su más grande azorro observaban cómo el puente se comenzaba a erguirse majestuosamente.

Es sabido que el primer gallo aproximadamente comienza a cantar a las cuatro o cinco de la madrugada y el puente estaba por terminarse antes de las doce de la noche, es decir faltaban seis minutos para que el reloj de la iglesia anunciara la media noche.

 La esposa del angustiado señor tratando de ayudarlo formulo unas alas de petate y las comenzó a agitar cómo lo hacen los gallos antes de cantar, este sonido termino por despertarlos y confundidos comenzaron a cantar un segundo antes de que diera la media noche.

El cielo oscureció más de la cuenta y comenzó a llover a cantaros, fuertes vientos e implacables torrentes de agua azotaron el puente toda la noche ya que al Diablo solamente le faltaba colocar la última piedra para concluirlo y a la fecha se encuentra en la espera de que tú tengas el valor de colocar la última piedra y así concluirlo.